viernes, 21 de febrero de 2014

Literatura y erotismo (I)

Desde el Antiguo Egipto, con los papiros de Turín y de Leide, a la trilogía “Cincuenta sombras de Grey”, de 2011, la literatura erótica ha seguido un camino paralelo a las costumbres más o menos permisivas de cada tiempo. Se confunde con la pornografía cuando el relato resulta muy explícito. Lo erótico exalta el placer desde la belleza, la sensibilidad y debe presumírsele calidad literaria; lo pornográfico se apunta a la obscenidad, devalúa la relación de los cuerpos, y a menudo resulta sucio, además de que comúnmente su calidad es más que dudosa. Cada época ha tenido sus maestros eróticos en prosa, en verso y en el memorialismo. Ha habido referencias eróticas en grandes obras literarias fuera del género, como en el Quijote cervantino o en “Ulises” de Joyce.
 
En Grecia, 400 años antes de Cristo, Aristófanes lleva al teatro su Lisístrata, un siglo después Sotades escribe los poemas obscenos que le llevan a la cárcel, y en el siglo siguiente Luciano compone “Los diálogos de Cortesanas”, considerado el primer libro pornográfico. En Roma entre el siglo II antes de Cristo y el siglo I aparecen los Priapeos o Priapeya, poemas dedicados al dios Príapo, y poemas de Marcial, Juvenal y Horacio, entre otros, además de “El arte de amar”, de Ovidio y “El Satiricón”, de Petronio.

domingo, 9 de febrero de 2014

Del español y el castellano

Camilo José Cela me favoreció con su amistad desde que yo era un jovencito. Llegué a su casa madrileña de la calle de Ríos Rosas una mañana de julio de 1963, con sólo 19 insolentes años recién cumplidos, para hacerle una entrevista; había concertado la cita José García Nieto que era algo así como mi padrino poético y el responsable de que aquel año apareciese mi primer libro de versos. Perdono su insistencia, aunque acaso no debería, ahormada en el consejo taurino que me regaló: “O te lanzas al ruedo aunque tengas pánico, o nunca lo harás”. Es un libro de tanteo que no figura representado en mis antologías.
 
Lo he contado alguna vez. Cela me recibió en calzoncillos, despeinado y con un cigarrillo moribundo entre los dedos. Al poco de yo llegar desapareció del salón dejándome al cuidado de un cerro de folios mecanografiados. “Vete corrigiendo las erratas, muchacho -me dijo-; voy al baño”.  Creo que el libro era “Izas, rabizas y colipoterras”. Luego hablamos hasta la hora de comer; Cela había quedado con García Nieto que era su compadre y que, andando el tiempo, sería académico y recibiría el Premio Cervantes en 1996, un año después que él. “Vente a comer, Pepe se alegrará”. En aquel encuentro nacieron no sólo la amistad y la entrevista; también una lección de periodismo que la experiencia confirmaría y que ya he contado por ahí: la entrevista la cobra el entrevistador y la salva el entrevistado. Ahora los entrevistadores buscan un protagonismo impropio: interrumpen, opinan, se empeñan en que conozcamos lo que ellos piensan o creen cuando lo que nos interesa es lo que opina el entrevistado. Lo que permanece inalterable es que los entrevistadores cobran la entrevista, y el entrevistado la convierte en un acierto o en un pestiño.

domingo, 2 de febrero de 2014

En la muerte de dos poetas: José Emilio Pacheco y Félix Grande

Al finalizar enero, en menos de una semana, se nos fueron dos poetas de cuerpo y alma enteros, unidos -que no separados- por el océano. El mexicano José Emilio Pacheco y el español Félix Grande. Conocí a los dos; cortamente a Pacheco y largamente a Grande. Pacheco es una de las voces más vivas, originales y completas de la poesía iberoamericana, y Grande es un poeta personal, alejado de las modas, de palabra precisa y honda.

Mi primer encuentro con José Emilio Pacheco se produjo cuando ambos fuimos ponentes en uno de los Cursos de Verano que la Universidad Complutense  organizaba en Aguadulce, Almería, creo que en 1990. Aparte de lo que hablamos durante las jornadas del curso, una incidencia en el regreso a Madrid me permitió gozar de su conversación durante horas; suspendido el vuelo, los organizadores decidieron disponer un coche para nuestro viaje, perentorio ya pues Pacheco tenía billete cerrado para México. Desde Almería fuimos directamente a dejarlo en Barajas.