Agustín de Foxá, “conde de lo
mismo” como él solía decir, y diplomático de carrera, representa un caso
curioso dentro de aquella generación de escritores partida en dos por la guerra
civil. Figura entre los ganadores de la guerra, aunque no combatió en ella, y a
él se debe la más interesante novela sobre la contienda desde la perspectiva de
los sublevados: “Madrid de Corte a checa”, reeditada una y otra vez hasta
nuestros días. Como poeta su obra sufre altibajos y resulta desaliñada y
presurosa, con la excepción de su producción dramática en verso en la que
destaca “Cui-Ping-Sing”, una delicia de temperatura poética, y menos “Baile en Capitanía”. Pero acaso lo mejor de la
obra de Foxá se publicó en los periódicos; fue un genial articulista y un
minucioso -aunque ocasional- corresponsal en la segunda guerra mundial, de modo que cuando fue
elegido para ocupar un sillón en la Real Academia Española él mismo no dudó en atribuir
la elección a su producción periodística.
Foxá desbordó de ingenio el
tiempo que le tocó vivir. Le perdía hacer frases ocurrentes, rápidas y
demoledoras. Es su obra no recogida en libro alguno. Permaneció sólo en la
memoria de quienes tuvieron la fortuna de ser testigos y la transmitieron a sus
contemporáneos. Algunas de esas muestras de su ingenio le crearon problemas en un
tiempo monolítico en el que en las alturas se encajaba malamente la ironía sobre asuntos políticos.