A
menudo me he preguntado qué imán atrae al
creador literario hacia un determinado espacio desde el que, como un
observatorio, alza su visión del mundo que no otra cosa es un libro. Ese rincón
es su pequeño mundo, su isla, y el
escritor, su único habitante, el Robinson Crusoe que va dotándose de lo
necesario para que subsista y crezca su creación.
A
veces el encuentro de ese lugar ideal se produce tardíamente y el escritor
llega a él con su obra ya madura, pero en
buena medida ese nuevo espacio, ese hallazgo, se reflejará ya en su
producción. En otros casos el descubrimiento es precoz y toda su creación, ese
árbol que crece y puede suponer el reconocimiento literario, se desarrolla en
la magia de ese paisaje personal que el escritor ha reconocido y ha hecho suyo
para siempre.