Estudié
con dedicación y mimo a Benito Pérez Galdós cuando preparaba una edición de sus “Memorias de un
desmemoriado” para la editorial Visor (2004). Entonces
me sorprendió lo poco que se sabía de él más allá de su vida literaria. Galdós, uno de los grandes escritores en castellano, alcanzó enorme
éxito en vida. No ha dejado de ser un escritor leído; no ha padecido ningún eclipse. Sobre Galdós se han
escrito cerros de páginas y aún andamos perdidos en las nieblas de su existencia.
Junto a esa oscuridad es relevante su oportunismo político. Cuidó tenazmente de
que nadie entrase en su castillo interior y mantuvo siempre la defensa de sus
sombras. Todos los intentos de penetrar esas sombras chocaron con sus silencios. Además se dejó querer por varios partidos políticos y no le faltó ocasión de mostrar su afecto a quienes había considerado públicamente como adversarios para conseguir favores o apoyo a alguna obra teatral con poco éxito.
Una de las evidencias de estos silencios galdosianos la vivió Leopoldo Alas cuando preparaba su temprana biografía en 1889. Intentó conseguir noticias de su vida, datos, fechas... Chocó con la pared de un Galdós cerrado y silencioso; nada colaborador en la amable tarea de su amigo: “Después de larga y amabilísima correspondencia vinimos a parar en que Galdós no sabía a punto fijo lo que eran datos, lo que se le pedía… Cuenta historias pero no cuenta la suya”.
Una de las evidencias de estos silencios galdosianos la vivió Leopoldo Alas cuando preparaba su temprana biografía en 1889. Intentó conseguir noticias de su vida, datos, fechas... Chocó con la pared de un Galdós cerrado y silencioso; nada colaborador en la amable tarea de su amigo: “Después de larga y amabilísima correspondencia vinimos a parar en que Galdós no sabía a punto fijo lo que eran datos, lo que se le pedía… Cuenta historias pero no cuenta la suya”.