A
menudo pienso en aquello que Stéphane Mallarmé, genio hermético y poliédrico, confió
a sus contertulios en una de las famosas reuniones de su casa de la Rue de Rome: “Todo
en el mundo existe para acabar convirtiéndose en un libro”. Una especie de panteísmo libresco. El salón
de Mallarmé había llegado a ser el faro de la vida intelectual parisina, y le
escuchaban Rilke, Verlaine, Valery, Guide o Yeats, mientras Manet le pintaba un
retrato y Debussy orquestaba su célebre poema L'après-midi d'un faune. ¿Debe salvarse de la fugacidad lo que un
escritor urdió para morir en unas horas, como pueden ser un artículo de
periódico o una conferencia? Todo lo que nos rodea, lo que observamos, sobre lo
que reflexionamos, lo que escribimos ¿atesora la condición hipotética de convertirse
en libro? Quevedo lo expresó sabiamente en su célebre soneto “A Roma sepultada
en sus ruinas” cuando contrasta las viejas piedras arrasadas por el tiempo y un
Tíber tan vivo, en su rotundo endecasílabo final: “Lo fugitivo permanece y
dura”.
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domingo, 22 de septiembre de 2013
sábado, 14 de septiembre de 2013
Una literatura llamada Borges
Es
canónico considerar que Borges es en sí mismo toda una literatura. Mi fervor
por él nació en la adolescencia y perseguí escuchar su palabra durante años.
Cuando viajé a Buenos Aires él no estaba allí y nuestros dos encuentros se
celebraron en Madrid. El primero en una recepción a escritores en el Palacio de
la Zarzuela cuando recibió el Premio Cervantes, y el segundo en una comida a
cuatro en un restaurante típico, ya desaparecido, del barrio de las Letras, a
la espalda del Hotel Palace.
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