miércoles, 1 de enero de 2014

Foxá o el ingenio al vitriolo

Agustín de Foxá, “conde de lo mismo” como él solía decir, y diplomático de carrera, representa un caso curioso dentro de aquella generación de escritores partida en dos por la guerra civil. Figura entre los ganadores de la guerra, aunque no combatió en ella, y a él se debe la más interesante novela sobre la contienda desde la perspectiva de los sublevados: “Madrid de Corte a checa”, reeditada una y otra vez hasta nuestros días. Como poeta su obra sufre altibajos y resulta desaliñada y presurosa, con la excepción de su producción dramática en verso en la que destaca “Cui-Ping-Sing”, una delicia de temperatura poética, y menos “Baile en Capitanía”. Pero acaso lo mejor de la obra de Foxá se publicó en los periódicos; fue un genial articulista y un minucioso -aunque ocasional- corresponsal en la segunda guerra mundial, de modo que cuando fue elegido para ocupar un sillón en la Real Academia Española él mismo no dudó en atribuir la elección a su producción periodística.

Foxá desbordó de ingenio el tiempo que le tocó vivir. Le perdía hacer frases ocurrentes, rápidas y demoledoras. Es su obra no recogida en libro alguno. Permaneció sólo en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de ser testigos y la transmitieron a sus contemporáneos. Algunas de esas muestras de su ingenio le crearon problemas en un tiempo monolítico en el que en las alturas se encajaba malamente la ironía sobre asuntos políticos.
 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Libros para la noche de Reyes de la tía Enriqueta

El libro “Ambiciones y reflexiones” que le han escrito a Belén Esteban -ella misma se considera  "princesa del pueblo" sin más equipaje que sus  histriónicas comparecencias televisivas- va ya por la séptima edición y figura entre los libros más vendidos junto a obras del Papa Francisco, de Chéjov, de Vargas Llosa y de Pérez-Reverte. La célebre y vetusta Editorial Espasa cuenta con esta nueva autora en un catálogo en el que hace más de ochenta años  figuraron, entre las de tantos otros maestros de la  escritura, primeras ediciones de Baroja, de Azorín, de Jarnés, de Ciges Aparicio, de Espina, y la primera gran biografía de Pablo Iglesias debida a Juan José Morato. Así está el mundo editorial.

En las listas de libros más buscados por el pueblo soberano aparecen también “No estamos locos”, del Gran Wyoming, al que en la web de la Casa del Libro consideran un “polígrafo” -"ilustre polígrafo" está considerado Menéndez Pelayo, apurando la curiosa comparación-, y “Desde dentro”, las memorias de David Bisbal. El libro del Gran Wyoming enriquece el catálogo de Editorial Planeta y el de David Bisbal supone otro refuerzo intelectual para la Editorial Espasa. Quedan reflejadas cabalmente las preferencias, no sólo de la sociedad destinataria sino de la industria editorial. La pérdida  del valor social del menester intelectual es evidente.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Stendhal y la novela histórica

Hace años que me interesa la novela histórica. De mi curiosidad de lector pasé a mi experiencia como novelista histórico; mi única incursión en el género novelístico es “Memoria secreta del Hermano Leviatán”, que tuvo cierta fortuna al ganar el segundo premio Plaza & Janés en 1988. Aparecieron varias ediciones, y años después, en 1996, Planeta compró los derechos para publicar la edición de bolsillo. Hoy la novela sólo sobrevive en las librerías de lance.

La fábula supone una trampa a la Historia centrada en un gran tramposo: Fernando VII. En una hipotética memoria dictada por el rey, ya maduro y achacoso, en El Escorial, cuenta sus experiencias masónicas durante su obligada estancia en el castillo de Talleyrand en Valençay.  El rey felón fue uno de los más pertinaces perseguidores de la masonería y me divertía convertirlo en masón. Mi primera intención fue escribir la novela sobre Franco y la leyenda de que fue rechazado en la logia en la que pretendió ingresar durante su destino militar en el norte de África, rechazo al que se achaca su furibunda persecución posterior a los masones. Me quedé con la opción de Fernando VII porque la etapa fernandina daba más juego a un escudriñador de aquel tiempo como lo soy desde mi juventud. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Enrique Gracia o un poeta en la calle

Como Enrique Gracia y yo somos dos seres educados, y para algunos incluso encantadores, no discutimos nunca. Nuestra amistad se mide por decenios, varios, y nos ocurre como a esos matrimonios británicos de las novelas de Christie que, acaso por una flema amasada en siglos de historia,  han decidido hablar de asuntos coincidentes y no previsiblemente divergentes y así sus uniones duran. Parece más que probable que habría algunos asuntos periféricos y poco importantes, como la política por ejemplo, en los que encontraríamos distancias (aunque no tantas como los simplistas y maniqueos esperarían), pero en temas fundamentales en nuestras vidas como la literatura, y sobre todo la poesía, estamos comúnmente de acuerdo.

Conocí a Enrique cuando era director de un afamado Club de Tenis, creo que el Chamartín, y entonces comenzó mi descubrimiento de un hombre cabal, imaginativo, irónico, polifacético, inteligente y culto (estas dos últimas cualidades no siempre van unidas) que, además, era ya entonces un estimable poeta. Desde hace años coincidimos en la Junta Directiva de la más que centenaria Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Es un madrileño de 1950 pero su ubicación y raíz geográficas, tanto como su definición vital, no son fáciles al molde o al cliché. Hay universalidad en sus versos, en sus principios, en su percepción del mundo que le rodea. Puede que esa universalidad, junto a un lenguaje poético propio y un tratamiento temático directo, a veces ácido pero nunca vulgar, sean los ingredientes sobre los que se condimentó y se condimenta mi admiración por el poeta.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Galdós: oscuridades y oportunismos

Estudié con dedicación y mimo a Benito Pérez Galdós cuando preparaba una edición de sus “Memorias de un desmemoriado” para la editorial Visor (2004). Entonces me sorprendió lo poco que se sabía de él más allá de su vida literaria. Galdós, uno de los grandes escritores en castellano, alcanzó enorme éxito en vida. No ha dejado de ser un escritor leído; no ha padecido ningún eclipse. Sobre Galdós se han escrito cerros de páginas y aún andamos perdidos en las nieblas de su existencia. Junto a esa oscuridad es relevante su oportunismo político. Cuidó tenazmente de que nadie entrase en su castillo interior y mantuvo siempre la defensa de sus sombras. Todos los intentos de penetrar esas sombras  chocaron con sus silencios. Además se dejó querer por varios partidos políticos y no le faltó ocasión de mostrar su afecto a quienes había considerado públicamente como adversarios para conseguir favores o apoyo a alguna obra teatral con poco éxito.

Una de las evidencias de estos silencios galdosianos la vivió Leopoldo Alas cuando preparaba su temprana biografía en 1889. Intentó conseguir noticias de su vida, datos, fechas... Chocó con la pared de un Galdós cerrado y silencioso; nada colaborador en la amable tarea de su amigo: “Después de larga y amabilísima correspondencia vinimos a parar en que Galdós no sabía a punto fijo lo que eran datos, lo que se le pedía… Cuenta historias pero no cuenta la suya”.

domingo, 10 de noviembre de 2013

La "Academia de la Real Gana"

El título de estas líneas no es mío sino de Ramón Gómez de la Serna que siempre se mostró muy crítico con la Real Academia Española, la Academia por antonomasia. Llegó a decir que él nunca aceptaría figurar “bajo ese lema de lustrabotas” en referencia al “Limpia, fija y da esplendor”. Se pasaba. Escribo hoy sobre la Academia porque ayer ingresó en ella la escritora Carme Riera con un discurso memorable por más de un concepto, y vivimos las vísperas de la toma de posesión de Aurora Egido. Dos mujeres. Es buena noticia para una Institución que a lo largo de sus tres siglos de historia, que se cumplen este año, había cerrado el paso a la presencia de la mujer  hasta no hace mucho. La primera mujer que rompió el inexplicable tabú fue Carmen Conde en 1979, seguida por mi ilustre parienta Elena Quiroga en 1984.
 
A través del tiempo fueron muchas las candidatas a académicas con méritos sobrados, entre ellas: Gertrudis Gómez de Avellaneda, mi también no menos ilustre parienta Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Blanca de los Ríos, Concha Espina, Rosa Chacel, Sofía Casanova o Carmen Bravo Villasante, por citar sólo a quienes fueron propuestas sin éxito. Un relevante olvido académico que merece mención aparte es el de María Moliner a la que tanto debe la lengua castellana.
 
La misoginia histórica de la Academia queda reflejada, como anécdota, en el chascarrillo atribuido a Bretón de los Herreros cuando, siendo secretario de la Institución, intentó entrar en ella Gómez de Avellaneda: “¡Es mucho hombre esta mujer!”. Cuenta Sebastián Moreno en su jugoso libro “La Academia se divierte” (2012) que Carmen Bravo Villasante, otra candidata rechazada, a la que traté y de la que fui editor, comentó: “A nadie se le hubiera ocurrido decir de la sensibilidad de Bécquer: ¡Es mucha mujer este hombre”.  
 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Chateaubriand o la anticipación

En la obra cumbre y más leída del vizconde de Chateaubriand, sus “Memorias de ultratumba”, están algunas de las más elegantes y definitivas páginas de la literatura de su tiempo y de todos los tiempos. Además atesoran un memorialismo minucioso y una visión histórica que no trata de ser imparcial pero es atinada y profunda. Hace poco reflexionaba sobre su monumental aportación a la cultura europea con Jorgina Díaz Torres, que tiene la formación técnica de una ingeniería y la curiosidad desbordada de un humanismo bien digerido. No escribe Chateaubriand unas “Memorias” al uso en su tiempo, que solían ser justificativas de conductas, difuminando errores y subrayando aciertos. Sus “Memorias de ultratumba”, que hasta 1830 pensaba titular “Memorias de mi vida”, y que se publicaron póstumamente en 1849, están más cerca de las “Confesiones” de Rousseau (aunque él rechaza el modelo), por su crisol de narración pública, histórica, y de revelación privada, que de las “Memorias” del duque de Saint-Simon, dos referentes del memorialismo en lengua francesa.

Saint-Simon vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII, Rousseau en el siglo XVIII, y Chateaubriand entre los siglos XVIII y XIX; sus entornos vitales fueron diferentes; el primero y el último eran aristócratas y el segundo plebeyo: grabador, aprendiz de relojero y periodista desde su juventud. Los tres transitaron por tiempos convulsos y escribieron “Memorias” que tendrían una influencia relevante cuando aparecieron y siguen siendo hoy una referencia en la cultura europea. Las mejor escritas son las de Chateaubriand, que tanto supuso para el romanticismo que emergía. Víctor Hugo escribió de niño en su diario: “Seré Chateaubriand o nada”.